17 oct 2026

LA CUEVA DE PIRIPIPÍ

 


A fines de la década de 1960, el concepto de "boliche bailable" llegó a Benito Juárez con la inauguración de Bago’s Discotheque en marzo de 1969. Se trataba de una propuesta totalmente novedosa que vino a reemplazar al baile tradicional, imprimiéndole características muy particulares: un ambiente de luces tenues y música fuerte, mesas pequeñas con sillones reservados casi exclusivamente para parejas o mujeres, y hombres de pie sosteniendo una copa en la mano.

Al poco tiempo nació un nuevo proyecto bajo esa misma modalidad: La Cueva de Piripipí. Aunque en un principio surgió como competencia de Bago’s, terminó consolidando su propia identidad. Su creador fue José Piazzoli, un inquieto, creativo y bohemio comerciante oriundo de Chascomús, quien alquilaba el local ubicado justo encima del sótano para su tienda de regalos de categoría. El objetivo era lograr un espacio sofisticado; para ello, se extrajeron grandes cantidades de tierra del sótano del antiguo bar de Ducay (ubicado en Libertad y San Martín), ampliando el lugar para albergar esta nueva alternativa de la noche juarense. La obra estuvo a cargo de los "maestros" Raya.

El lugar era, verdaderamente, muy reducido. Al entrar, se encontraba un salón pequeño con un sillón corrido de color rojo y una mesa ratona. A la derecha, una escalera estrecha invitaba a descender: tras unos pocos escalones, hacia la izquierda, estaban los baños, y más abajo se desembocaba directamente en la barra, que no llegaba a medir dos metros. Para optimizar el espacio, la cabina del disc-jockey estaba suspendida en el aire. Un pasillo muy angosto cruzaba el centro, flanqueado por asientos fijos enfrentados a ambos lados, que conducían a una pequeña pista de baile. Las paredes exhibían la textura rústica de la excavación, tratadas con fijador para evitar que la tierra se desgranara. El sonido de Néstor Faré era impecable y sonaba mejor que nunca, aportando además sus toques creativos al diseño de las noches especiales, mientras que la iluminación de Fittipaldi terminaba de crear el clima perfecto para este ingenioso ambiente.

Como toda novedad, en sus comienzos fue un furor y el público se volcó masivamente. Sin embargo, con el tiempo, las limitaciones de espacio hicieron que perdiera esa concurrencia masiva, transformándose en un rincón preferido por las parejas (generalmente las recién formadas). Así, "La Cueva" se convirtió en el complemento ideal para culminar una conquista iniciada en Bago’s con una conversación más íntima.

Poco después de la inauguración, Piazzoli dejó la gestión del negocio. A partir de allí se alternaron distintos encargados que mantuvieron el local con vida gracias a las tertulias de estudiantes secundarios locales y universitarios que regresaban de La Plata. Entre ellos, Julio Alak estuvo al frente durante el verano de 1978, mientras cubría las vacaciones del director del diario Tribuna para financiar sus estudios.

Finalmente, "La Cueva de Piripipí" cerró sus puertas a fines de la década de 1970.

 

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