A fines de la década de 1960, el concepto de "boliche bailable" llegó a Benito Juárez con la inauguración de Bago’s Discotheque en marzo de 1969. Se trataba de una propuesta totalmente novedosa que vino a reemplazar al baile tradicional, imprimiéndole características muy particulares: un ambiente de luces tenues y música fuerte, mesas pequeñas con sillones reservados casi exclusivamente para parejas o mujeres, y hombres de pie sosteniendo una copa en la mano.
Al poco tiempo nació un nuevo proyecto bajo esa
misma modalidad: La Cueva de Piripipí. Aunque en un principio surgió como
competencia de Bago’s, terminó consolidando su propia identidad. Su creador fue
José Piazzoli, un inquieto, creativo y bohemio comerciante oriundo de
Chascomús, quien alquilaba el local ubicado justo encima del sótano para su
tienda de regalos de categoría. El objetivo era lograr un espacio sofisticado;
para ello, se extrajeron grandes cantidades de tierra del sótano del antiguo
bar de Ducay (ubicado en Libertad y San Martín), ampliando el lugar para
albergar esta nueva alternativa de la noche juarense. La obra estuvo a cargo de
los "maestros" Raya.
El lugar era, verdaderamente, muy reducido. Al
entrar, se encontraba un salón pequeño con un sillón corrido de color rojo y
una mesa ratona. A la derecha, una escalera estrecha invitaba a descender: tras
unos pocos escalones, hacia la izquierda, estaban los baños, y más abajo se
desembocaba directamente en la barra, que no llegaba a medir dos metros. Para
optimizar el espacio, la cabina del disc-jockey estaba suspendida en el
aire. Un pasillo muy angosto cruzaba el centro, flanqueado por asientos fijos
enfrentados a ambos lados, que conducían a una pequeña pista de baile. Las
paredes exhibían la textura rústica de la excavación, tratadas con fijador para
evitar que la tierra se desgranara. El sonido de Néstor Faré era impecable y
sonaba mejor que nunca, aportando además sus toques creativos al diseño de las
noches especiales, mientras que la iluminación de Fittipaldi terminaba de crear
el clima perfecto para este ingenioso ambiente.
Como toda novedad, en sus comienzos fue un furor y
el público se volcó masivamente. Sin embargo, con el tiempo, las limitaciones
de espacio hicieron que perdiera esa concurrencia masiva, transformándose en un
rincón preferido por las parejas (generalmente las recién formadas). Así,
"La Cueva" se convirtió en el complemento ideal para culminar una
conquista iniciada en Bago’s con una conversación más íntima.
Poco después de la inauguración, Piazzoli dejó la
gestión del negocio. A partir de allí se alternaron distintos encargados que
mantuvieron el local con vida gracias a las tertulias de estudiantes
secundarios locales y universitarios que regresaban de La Plata. Entre ellos,
Julio Alak estuvo al frente durante el verano de 1978, mientras cubría las
vacaciones del director del diario Tribuna para financiar sus estudios.
Finalmente, "La Cueva de Piripipí" cerró
sus puertas a fines de la década de 1970.

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