Una calle de nuestra ciudad tiene el nombre de Álvaro Barros, que fue
Jefe de la Frontera Sud y que, más allá de haber estado enfrentado con Mariano
Roldán, denunció la corrupción en el Ejército Argentino y defendió el concepto
de integración con los indígenas.
Roldán le reclamaba a Barros una defensa más
eficiente de la frontera, pero las condiciones no estaban dadas. Los fortines
creados en las avanzadas militares de los últimos tiempos de la frontera eran,
generalmente, pequeñas y precarias construcciones de vigilancia, muchas veces
formadas solo por un montículo de tierra, un mangrullo y un rancho con lugar
para cuatro o cinco milicianos y un cabo o un sargento. Estaban equipados con
un cañón que no servía para derribar la entrada de los indígenas, pero sí para
disparar y hacer el ruido que alertara a los fortines cercanos sobre un
inminente peligro.
Sobre las condiciones del personal en esos fortines, Barros afirmaba: “Imagínese
usted a un soldado mal vestido, casi desnudo, al raso completamente, en medio
de los rigores de un invierno harto cruel, sin lumbre que calentara sus
miembros ateridos, y más que todo sin el alimento necesario para la
conservación de sus fuerzas; imagínese todo esto, digo, y tendrá una idea más o
menos exacta de lo que acá se ha sufrido”.
Por otra parte, señalaba que una de las fuentes
de la corrupción en la campaña, era la provisión de alimentos y mercaderías a
los naturales. Barros demostró cómo un grupo de comerciantes impusieron la
elección de un juez de paz amigo en Azul, lo que les permitió seguir negociando
con los indios los ganados robados en malones, como así también las raciones
que el gobierno entregaba a los indios amigos para su manutención.
Denunciaba también que la responsabilidad de los malones recaía sobre
“El Gobierno [que] manda entregar raciones a los indios, con el objeto que
vivan de ellas sin necesidad de robar. La imprevisión con que se procede a su
entrega ha permitido que los encargados y los proveedores puedan abusar
libremente. Vencido el plazo, la entrega no se hace; los indios esperan,
reclaman, van y vienen y nada consiguen, hasta que cansados y apurados por la
necesidad convienen con el proveedor en recibir el todo en dinero o una parte
en dinero y otra en efectos. En dinero vienen a recibir apenas un 10% del valor
de los artículos y éstos de tan mala calidad y tan escamoteados, que poco más o
menos sufren la misma rebaja. Lo que no venden al proveedor lo entregan con
igual desventaja a otros, en pago de tejidos u otros efectos que sobre esto les
dan al fiado; y despojados así de este recurso, van luego a desquitarse en los
intereses del hacendado”.
Álvaro Barros fue Diputado Nacional y en 1875 denunció las irregularidades
en el Congreso Nacional, afirmando que es uno de los ejércitos “… más
deficientes y atrasados, es el más caro del mundo. (...). Mientras que el
soldado alemán cuesta $ 199 fuertes por año, el argentino cuesta $521 y mucho
más en tiempo de guerra, y sufre como ninguno y en todo tiempo, todo género de
necesidades y miserias”.
Inició un juicio contra un proveedor del Ejército, pero este fue cerrado
por orden del Ministerio de Guerra. En respuesta, Barros solicitó la baja
militar, por entender que “Vuestra Excelencia considera inútiles mis
servicios y no debo continuar siendo gravoso al Estado”.
La corrupción en la Argentina viene de muy lejos…

No hay comentarios:
Publicar un comentario