Cuando revisamos las historias de nuestros próceres, hacemos hincapié en sus éxitos, sus sacrificios, su amor a la patria, pero pocas veces en sus errores. Ellos también eran humanos y se equivocaban, a veces por soberbia, otras por malas estrategias o por desconocimiento de las situaciones y sus consecuencias.
El Comandante Nicanor
Otamendi, mártir en el combate de San Antonio de Iraola, hace 170 años, más
allá de sus valores y su reconocida valentía, no siempre tomaba buenas decisiones.
Hay dos ejemplos que son prueba de ello, en uno le costó la vida.
El primero es su
actuación en el marco de las guerras civiles en la batalla de San Gregorio, ocurrida en la desembocadura del
Rio Salado en la bahía de Sanborombón, el 22 de enero de 1853. Fue un enfrentamiento, entre las fuerzas de la
Confederación Argentina y el Estado de Buenos Aires.
Las tropas de ambos
ejércitos formaron en la ubicación tradicional. Sin embargo, antes de terminar
de ubicarse, los indígenas del ejército de Rosas y Belgrano del que participaba
Otamendi, conferenciaron con los indios que venían en el ejército federal; y,
de común acuerdo, todos abandonaron el campo de batalla.
Con ese cambio, la
situación quedaba ampliamente a favor del ejército de la Confederación: 3
federales por cada unitario. Además, contaban con mejor armamento, mejores
mandos intermedios y más experiencia en las tropas. Los federales inician un
ataque muy cauteloso y son rechazados por las exiguas infantería y artillería
porteñas. Pero cuando el teniente coronel Nicanor Otamendi pretendió
contraatacar, sus hombres se negaron a obedecer, se pasaron al bando contrario
y lo tomaron prisionero. Después de dos horas de expectativas, un tercio de la
caballería unitaria desertó, huyendo por las orillas del río Salado.
Muchos de los soldados
intentaron salvarse lanzándose al río, pero las barrancas de la costa les
impidieron terminar el cruce y murieron ahogados. Los que fueron alcanzados
antes por los oficiales que, por los soldados, como Rosas y Belgrano, salvaron
su vida y fueron tomados prisioneros. Entre ellos Ramos Mejía y Otamendi. Sólo
muy pocos pudieron escapar, como el joven José Hernández, futuro autor del
Martín Fierro. En esta batalla perdieron la vida su hermano Belisario Otamendi
y su primo el Teniente Coronel Dalmiro Otamendi.
Tras estos sucesos
Nicanor Otamendi pide la separación del ejército en 1854, pero con
posterioridad se aclaraba que la misma lo era de las fuerzas de línea, pero no
de las milicias.
Es por esa razón que, un
13 de setiembre del año siguiente, y este es el segundo ejemplo de impericia, lo vemos en
los sucesos de San Antonio de Iraola, donde por no pactar con Yanquetruz, sin
medir las consecuencias, decide estaquear al emisario pacífico de Yanquetruz y
enfrentar con 120 soldados a los más de 1200 indios del cacique, donde Nicanor
Otamendi , con solo 32 años, pierde la vida al igual que todo su ejército.
Interrogantes de la
historia donde la probada valentía personal, no se llevaba bien con la
capacidad militar.-

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